Los viejos analógicos
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Hubo un tiempo cuando los viejos eran los jóvenes de hoy. Cincuentones que arrasan con melenas chamuscadas, que apenas se despeinan cuando un nuevo año les cae encima. Pero un día ahí caeremos, en el hoyo. Seremos esos viejos analógicos, que irán dando zarpazos, un poco desorientados, atónitos, pasmados como búhos de tanta tontería digital.
Seremos como esos pólderes holandeses un poco bravucones, intentando apañarse, perrear con las embestidas del mar, aguantando como pueden los años, apretando los dientes hasta desencajarse la mandíbula. Y, de pronto, veremos cómo las ciudades van cambiando hasta que ni las reconoceremos, como esos ancianos que compartían clases con nosotros. Se van esfumando como si fueran neblina, olvido, caminos que ya nadie camina. Los días pasan página y así también lo harán con nosotros, sin remedio, y quizás, incluso, con un pezón de alegría.
Los bajos comerciales se quitan de encima, dejan de ser las minas de oro de antaño para convertirse en viviendas oscuras con paredes que se achican, que dejan de ser habitaciones. De pronto, en el armario empotrado se enquista un cajero, que a su vez tendrá, tarde o temprano, que quitarse del medio, y dejar paso a otra cosa, o a casi nada. Los billetes dejarán de ser palpables, se volverán ellos también mentales, virtuales. Dejaremos de hacernos labiales, arriba o abajo, de buscar de ser inmortales, nos daremos revolcones, apretando las tijeras de las manos, como si los brazos fueran guadañas.
De pronto, intentamos cuadrar como podemos esos disparates. Intentamos lidiar con este olor a chamusquina que nos empapa las narices. De pronto, la vista se hace algo más borrosa. Le das a las teclas y las palabras salen como potros, dejan de hacerse mansas. Ya no hay quien pueda adiestrarlas, ni meterle mano. Nuestros sesos, jóvenes, viejos, los servimos en bandeja, y ahí está la realidad virtual que se los zampa como si fueran avellanas, ciruelas, algo bien sabroso, pero sin mosto.
De pronto nos enteramos de que nuestras mentes pueden ser replicadas, editadas, cedidas, compradas, vendidas, que nos venden aquí y allá al granel, como aceites bien líquidos, y otros, unos pocos, como picúa de primera. Seres apagados, de baja intensidad, que intentan apañarse con la que les cae encima, que intentan torear esas locas vidas que ya no tienen, que no saben cómo darse de morros, con guantazos en la lengua. En eso nos vamos transformando poco a poco, en ciruelas huecas, que saben a poco, cuando antaño bañaban, sabrosas, en el orujo.
Pero un día te cae un libro encima, como una losa. Suenan las alarmas de unas páginas, abres las mejillas, los ojos se ponen a chispear. Dejas de usar muletas, y te metes de lleno en el día devorado, que quema y cambia. Entras en el delirio de las cenizas. Entras en un libro que te saca a patadas de tu hoyo, y así, hecho un turrón, vas titiritando, como cuando los primeros labios, como cuando la vida no llevaba collar y ladraban los cielos, como cuando volaban los besos.
El rosetón de la cabeza se te calienta, las vidrieras de los ojos se te iluminan. Por un día, dejas de morir.
EL PAÍS